El capi – Magia veraniega

miércoles 13 julio, 2022

From issue: Cross Country en Español 70 – Agosto 2022

Pleno verano. Esos días que parecieran extenderse para siempre. Los días empiezan antes del amanecer y en días buenos, nos despertamos antes que las aves y estamos listos para volar. El inicio del verano, por supuesto, empieza la temporada de cacería de récords y el día más largo del año es el día del solsticio. 

Este año, los brasileros (Rafael Saladini, Donizete Lemos y Marcelo Prieto) empezaron temprano y fueron a Texas a principios de junio. La cacería de récords requiere dedicación y no es para cualquiera, pero se requiere igual dedicación para intentar hacer triángulos FAI enormes de 300km, que en el caso del famoso despegue de Antholz en Austria implica empezar a caminar mucho antes de las 5am. 

Hace un par de veranos, iba haciendo la última transición para regresar a Ketchum, Idaho, mi pueblo en Estados Unidos después de haber pasado nueve horas en el aire para cerrar un triangulo FAI en el que tuve que escaparme de sobredesarrollos enormes y térmicas de más de +10m/s en el que el vuelo no fue para nada lo que muchos considerarían “agradable”. 

Pero el último planeo hasta el pueblo esa noche fue mágico. Se habían calmado las condiciones, los rayos del sol atravesaban el cielo e iluminaban los picos a mi alrededor y los valles verdes a mis pies, y no habrías podido quitarme la sonrisa del rostro ni con un limón. Hablo en serio, fue mágico. Siempre decimos esa palabra cuando hablamos de vuelo, pero a veces es verdaderamente indescriptible. 

Luego de haber luchado contra el sobredesarrollo y volado con nieve y granizo ligero, me había quedado atrapado detrás de la cordillera de Boulder y era el último reto debajo de la altura que necesitaba para regresara a casa. La cordillera había estado sombreada durante más de una hora y el aire estaba pesado. Necesitaba volar 20km más para cerrar el triángulo y aterrizar al lado de la camioneta en vez de caminar varias horas, pero la cosa no pintaba nada bien. Le saqué el jugo a cual pedacito de aire decente encontraba y bajé la velocidad, bastante. 

Estaba volando al final del día, a lo que mi amigo Matt Beechinor le llama “mundo alienígena”. Después de haber estado en el aire en un vuelo montaña rusa, es una bendición. Nos transportamos, de forma completamente natural, a un reino diferente. La combinación de dopamina, adrenalina, cansancio, anticipación, miedo, deseo, ahora es un estado en el que todo fluye. Todo funciona, entiendes. Y después llegas. En bandeja de éxtasis de los dioses del cielo. 

 

Sol de medianoche

Pero los sueños mágicos de verano no tienen que ser batallas épicas para volar lejos. Pueden suceder cuando menos lo esperas y pueden ser incluso más gratificantes. Cuando estaba cruzando la cordillera de Alaska, hubo muchos vuelos que nunca olvidaré, pero uno que en particular no fue tan largo, pero en el que aproveché cada minuto del día, que en Alaska en pleno verano en realidad nunca se acaba. 

Había pasado varios días solo intentando terminar el proyecto porque Dave Turner se había ido y estaba avanzando bien con buenas condiciones pero interpreté mal el cielo y de repente, me hallé aterrizado en una cuenca enorme de un río casi a nivel del mar sin despegues decentes a kilómetros. Pero el viento soplaba a la dirección que necesitaba y eran apenas las 8pm – ¡temprano en Alaska! 

Justo arriba había un montículo que no estaba a más de 60m del fondo del valle. Parecía poco probable, pero me puse en modo X-Alps, recogí el equipo rápido y me apresuré para subir a la colina. ¡Si lograba volar dos o tres kilómetros sería mejor que caminar! 

Despegué con viento moderadamente fuerte y logré hacer ladera unos minutos, pero no conseguí tomar altura, así que me di la vuelta y fui viento en cola por el valle en la dirección que necesitaba ir, esperando que el ala encontrara un milagro. De repente, apareció un centenar de caribúes y me imaginaba que miraban a este extraterrestre y se preguntaban qué le había sucedido a su mundo. Estaba literalmente encima de ellos cuando el sonido del vario cambió ligeramente. ¡Había algo! Tenía suficiente altura para hacer un giro. Un cero. Otro giro más, +0,1 y unos metros más para volar. ¡No te salgas! Un giro más. 

Era como un frisbee, volando hacia mi destino, giro a giro. Esta sería la sacada del suelo más baja de mi vida, ¡si lo lograba! En las profundidades de Alaska, los caribúes y yo y nada más a cientos de kilómetros. 

+0,2 … +0,3. 

+0,4. 

¡No te salgas! Mi velocidad era de 70km/h y después sentí un cambio. Se desprendió la térmica y giré un poco más cerrado. +1m/s, +2m/s. Un par de minutos después, estaba más alto de lo que había estado en toda la expedición, dentro de una térmica con picos de +5m/s. ¡Pasé de estar casi a nivel del mar a más de 4500m en una sola térmica! La cordillera de Alaska y sus innumerables picos y deltas de ríos glaciales se extendían a mis pies en un mundo crudo de hielo y nieve y yo era un viajero extraño y efímero. 

La térmica se acabó, le apunté a mi destino final y volé 50km en un solo planeo. Aterricé cerca de un riachuelo mientras el sol rozaba el horizonte a medianoche; armé campamento y me preparé un té.

La magia de una noche de verano. ¡Sal y disfrútala!  

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